Recordando los 25 años del atentado de la Embajada de Israel en Argentina

Por: Embajador (R.) Itzhak Shefi

Han pasado 25 años desde que un brutal atentado –cometido por manos criminales- provocara la voladura de la Embajada dejando, como resultado, 22 víctimas y más de 200 heridos.

Algunos dirán que son solo números, simples estadísticas.

Pero no para nosotros.

No para nosotros como hombres de buena voluntad.

No para nosotros que no estábamos en ningún frente de batalla, sino que veníamos a cumplir una labor.

No para nosotros, que vimos como caía, como si fuese un castillo de naipes, un palacete.

No para nosotros que recorrimos, una y otra vez, hospitales acompañando, en el duelo, a los familiares.

No para nosotros que intentamos volver a construir lo destruido y seguir, como si el destino nos obligase, a ser memoria y justicia.

No para nosotros que conocimos sus muros y sus historias, sus visitas ilustres, desde Primeros Ministros a un Presidente, desde científicos a hombres de las artes.

25 años de sueños rotos, de familias destruidas, de hijos sin padres, y de padres sin hijos. De la ruptura de la cadena natural, en donde los más jóvenes acompañarían, hasta el final, a los más viejos.

Cada uno de las víctimas dejó una familia enlutada. Rachel y yo, compartimos ese dolor, porque cada caído forma parte de nuestra familia.

Quiero acá, 25 años después, dejar constancia que, la mayoría de los sobrevivientes, se reincorporaron al trabajo, cumpliendo –con marcas en las caras, en los cuerpos y en los corazones- su labor con dedicación y entrega.

A ellos, por siempre, nuestro profundo agradecimiento.

Llegué a la Argentina en 1989 como Embajador. La tarea era continuar la labor desarrollada por mis antecesores. Sería nuestra última misión, antes de volver a casa de manera definitiva.

Los objetivos eran claros: fortalecer los lazos de amistad, estimular el diálogo entre dos pueblos y ahondar la alianza entre los judíos de Israel y sus hermanos de la diáspora.

Nada de esto hubiera sido posible sin la entrega de mis colaboradores, en especial aquellos que hoy recordamos.

Fuimos recibidos por la hospitalidad de su gente. Contamos con la ayuda de los miembros del gobierno, Gobernadores, Intendentes, el mundo de la cultura a través de sus mejores representantes; conocimos y gozamos de vínculos estrechos con los medios de comunicación y de una comunidad judía entregada que veía a Israel como una prolongación de sus añoranzas e historia.

La sociedad argentina fue, para la pareja Shefi, un ejemplo de imitar: abierta, acogedora, interesada y curiosa.

Pero, de un día al otro, nuestro mundo cambió. Nos despertamos del sueño de manera violenta.

Fue doloroso escuchar las falsedades con que se intentaba convencer, a la opinión pública, que se trataba de una “implosión” causada por el ficticio arsenal, almacenado en el subsuelo del edificio.

Y que el policía, a cargo de la custodia del ingreso a la Embajada, había dejado su lugar para acompañarme a una entrevista, 10 minutos antes del atentado.

En este momento tuve plena conciencia, sin ser investigador profesional, que hubo complicidad de elementos locales con los terroristas foráneos y que manos ocultas intentaban cubrirse echando la culpa a las víctimas.

En todos estos 25 años no hubo, siquiera, intención de reparar los daños.

Los agresores no fueron detenidos. La causa continúa y, sin darse por cerrada, no tiene avances significativos.

Es ahora el momento en que me pregunto:

¿Cómo se puede legitimar la impunidad, mientras las heridas permanecen abiertas, a pesar que se empeñan en cerrarlas por la fuerza del olvido?

¿Por qué se hizo tan poco por llegar a la verdad, impartir justicia y reparar lo acontecido?

¿Cuánto tiempo más deberemos esperar?

¿Hasta cuándo los culpables gozarán de protección y las víctimas seguirán siendo burladas?

Cubrir a los involucrados equivale a negar la enfermedad de la sociedad.

Es como un cuerpo gangrenado al que se resiste amputar la parte enferma. No se deben tapar las evidencias, y nuestro clamor debería ser el de todos los que quieren un presente y un futuro mejor.

Con mis 89 años, no creo alcanzar a ver a los ejecutores y sus cómplices de la masacre juzgados y condenados.

Pero nuestra obligación es tomar conciencia que, sin memoria, no habrá justicia.

Debemos recordar y transferir este legado a los que nos siguen.