¿De qué manera influyen las emociones en la memoria y los recuerdos?

El neurocientífico Noam Goldway explica qué se hace en un laboratorio de emociones, qué relación hay entre éstas y nuestros recuerdos, y si realmente es posible borrarlos de nuestra mente.

Ciencia y emociones: dos términos que suenan como opuestos. Uno pertenece al campo en el que todo es cerebral y mental, y el otro a un terreno que a veces nos sigue pareciendo algo oculto, y relacionado sobre todo con el corazón. Pero de todos modos, entre el cerebro y la mente por un lado, y las emociones por el otro, hay una relación estrecha, y podemos afirmar esto gracias a la ciencia y a las personas que lo estudian en laboratorios de emociones.

Sí, existe algo llamado laboratorio de emociones. Noam Goldway, que prepara su doctorado en el Instituto Sagol –en el que se investiga cómo funciona el cerebro, y que dirige la catedrática Talma Hendler–, se levanta todas las mañanas, y se dirige al lugar en el que se llevan a cabo experimentos, a través de los que intentan trazar una suerte de mapa cada vez más preciso de ese misterioso terreno.

“Todavía no hay teorías completas que vinculan al cerebro con las vivencias emotivas”, aclara enseguida. Pero los científicos las siguen buscando. Y, en su opinión, van a descubrirlas.

Estos días, Goldway estudia el papel que desempeña el cuerpo en nuestras vivencias emocionales. “La función primaria del pensamiento tal como está organizado, y del concepto en sí, es protegernos y acrecentar nuestras posibilidades de supervivencia”, explica Goldway a su manera un tanto cientificista. “Cuando una persona siente hambre, esa sensación tiene por objeto que nuestro organismo reciba alimentos. Pensamos que lo mismo ocurre con las emociones. Es decir, que también las emociones actúan al servicio de nuestro cuerpo, de nuestro organismo”.

El laboratorio del Instituto Sagol, en el que se investiga cómo funciona el cerebro.

Estos días, por ejemplo, Goldway y sus colegas del laboratorio llevan a cabo un experimento interesante al respecto. “Tomamos a personas que han tenido una vivencia emocional difícil, como una separación, y les damos un medicamento que les causa la sensación de estar desconectados del cuerpo. Después analizamos si esa desconexión del cuerpo que ellos sienten está relacionada con la manera en que vivencian una experiencia emocional desagradable como, por ejemplo, encontrarse con su ex pareja”.

–¿Ustedes hacen que se encuentren con sus ex parejas? Suena complicado.

–Es complicado, pero ayuda mucho.

–¿Y cuál es el medicamento que les dan?

–Ketamina. Se trata de un medicamento psicoactivo que ya se usa en psiquiatría, pero nadie sabe exactamente cómo actúa. Es decir que hay todo tipo de hipótesis. La ketamina cambia completamente la vivencia del cuerpo, y es muy efectiva contra la depresión. También se usa en otros casos. Por ejemplo, hay planes de usarla en el futuro en el tratamiento de situaciones postraumáticas. Nosotros analizamos si esa vivencia psicótica de desconexión del cuerpo influye en la experiencia emocional de quienes participan en el estudio.

Modificar el recuerdo

Una pareja casada recuerda su primera cita, que tuvo lugar hace varios años. Él le envió un mensaje por WhatsApp, y después fue a la casa de ella en un scooter. Ella llevaba un vestido azul. La cita comenzó en la capital y terminó en el mar, al alba.

Un momento, ¿no era esto un anuncio de Facebook? En realidad él fue a pie, y ella llevaba una camiseta blanca. Y estuvieron en el mar recién al día siguiente, ¿no es así? Puede ser. Ninguno de ellos miente. En todo caso no en forma consciente. Todo recuerdo está vivo y cambia. Y de estos cambios son responsables, entre otras cosas, también nuestras emociones.

Las emociones, explica Goldway, se encuentran en un cruce de caminos en el que hay mucho tráfico de diversos procesos cerebrales, e influyen sobre éstos sin que nosotros seamos conscientes de ello. Uno de los procesos más afectados es el de nuestra memoria. “Cada recuerdo es, en realidad, un registro de la experiencia vivida. En la primera fase recordaremos la vivencia tal como la hemos experimentado. Y ambos la experimentamos de manera diferente. Las cosas se generan en mi mirada y en tu mirada. Cada uno de nosotros piensa al mismo tiempo en cosas diferentes, y eso marcará en gran medida el recuerdo. Nosotros traemos a la situación todos nuestros recuerdos, y esto ‘dictará’ por qué seremos más emotivos. El pasado, de alguna manera, siempre nos dicta el presente. Por ejemplo, tú eres más sensible a determinadas cosas porque tienes tu propia historia. Y eso dictará también qué es lo que captarás en cada situación.”

Este proceso, según Goldway, corresponde a la fase de “la codificación”, la fase en la que se crea el recuerdo y “queda guardado en el cajón del escritorio”.

Pero no sólo la manera diferente en la que dos personas vivencian el mismo hecho hace que los efectos sean distintos a ese hecho, sino también la manera en la que esas dos personas “sacan el recuerdo del cajón del escritorio”. El recuerdo se crea y se conserva cuando está codificado en nuestro cerebro, con todos los sentidos que se pusieron en marcha al mismo tiempo que aquél. Y nuestros sentidos, que funcionan todo el tiempo, lo estimulan para que “salga”. Y cada vez que el recuerdo “sale” (del cajón del escritorio) tiene colores un poco distintos, según los sentidos que estaban en marcha en ese momento. “Cada vez que se ‘saca’ un recuerdo, éste atraviesa una suerte de reactivación, revive. Cuando nosotros ‘sacamos’ un recuerdo, éste necesariamente cambia: se ve influido por lo que sucedió mientras lo ‘sacábamos’ (del cajón del escritorio)”.

Noam Goldway: “Si nuestros algoritmos se centraran en lo positivo, moriríamos realmente rápido”.

Un ejemplo de esto es el concepto que todos conocemos perfectamente: el post trauma. “Se trata de un evento de dimensiones muy significativas, de un hecho muy importante, que al parecer la memoria no codificó bien”, explica Goldway. “Los elementos emocionales de ese evento o hecho no están separados de sus contenidos codificados, y en consecuencia muchas veces es difícil ‘sacarlo’. Además, nosotros hacemos un gran esfuerzo para no darnos de bruces con el evento traumático. Parecería que una de las mejores soluciones es exponernos al contenido traumático en un ambiente que permita volver a almacenarlo de manera menos amenazadora, tras lo cual los síntomas mejoran.»

–¿Entonces, cuando el recuerdo es amenazador influye, aun cuando uno lo reprima?

–Sí. El recuerdo nunca se almacena del todo por un problema de almacenamiento. El recuerdo sigue vivo y causando flashbacks, por ejemplo. El acto de “sacarlo” no se hace de manera consciente ni intencionada; a menudo es como si nos arrojaran al recuerdo. Una de las mejores formas de lidiar con ello es procesarlo y volver a almacenarlo.

El método de volver a almacenar un recuerdo supone en realidad “limpiarlo”. “Yo no borro el recuerdo, sino que voy a crear uno nuevo que tal vez sea valorado de manera diferente. Digamos que le hice oír un sonido a una rata, y al mismo tiempo le provoqué dolor con una corriente eléctrica. Cuantas más veces vuelva a hacerlo, se habrá creado un condicionamiento. La manera de eliminar el condicionamiento es hacerle oír el sonido sin aplicarle un shock eléctrico. Poco a poco, la rata entenderá que el sonido no desembocará necesariamente en un shock eléctrico.”

En el tratamiento de un postrauma se vuelve a almacenar el recuerdo.

–¿Es decir que siempre se puede modificar el recuerdo? ¿Y no sólo en casos extremos como un post trauma?

–No se trata exactamente de modificar, sino de convertirlo en algo neutro. Cada hecho que ‘sacamos’ (del cajón del escritorio’) se trae de nuevo al presente, y representa para nosotros un resumen de todas las experiencias que hemos tenido hasta ahora. Es decir, la segunda vez que “sacamos” el recuerdo queda incluida también la primera vez; la tercera vez incluirá a las dos anteriores y así sucesivamente.

–¿Así es como se crean las fantasías? ¿Cargando el recuerdo con sensaciones?

“Es un planteamiento interesante. Por ejemplo, yo puedo seguir yendo al bar en el que una vez tuve una vivencia realmente buena, y cada vez, antes de salir, simulo o imagino de alguna manera lo que sucedió entonces, y espero que –dado que las condiciones del entorno son similares– la vivencia positiva se repita. Se trata de no haber borrado nada: el hecho fue tan fuerte e intenso que incluso volver a él sin sentir la vivencia positiva no logra borrar la sensación positiva que causó.

Muchas veces nos parece que recordamos, sobre todo, lo malo, lo negativo. Esta sensación tal vez no sea exacta, pero Goldway explica que tampoco es exagerada y que tiene algo que nos ayuda a sobrevivir. Ni más ni menos. “La memoria es selectiva; es imposible recordar todo. Entonces el cerebro está hecho de tal modo que recordaremos los peligros, identificaremos lo negativo. Así está hecho nuestro algoritmo: buscar lo negativo. Si nuestro algoritmo estuviera preparado para centrarse sólo en lo positivo, moriríamos realmente rápido.”

No sólo alegría y tristeza

En nuestra época, a todo se le saca una foto y se sube a la red, o al menos al teléfono. La dulce sonrisa de un niño, un plato extraordinario que hemos comido, una playa que visitamos, o simplemente el resfriado que te pescaste.

–¿La documentación intensiva que hacemos influye sobre la manera en que captamos los recuerdos, influye sobre el proceso en el futuro?

–La verdad es que no lo sé. Y no sé si alguien de verdad lo sabe. Pienso que todos tenemos sensaciones, y cuantas menos veces practique algo, perderé destreza. Esto se puede ver en la navegación. Se puede ver en el hecho de que nadie recuerda números de teléfono. Yo no estoy suficientemente al día de todo lo que se ha escrito al respecto para entender si eso en verdad afecta el potencial. Pero muchas veces, en medio de la enorme cantidad de información, tendemos a poner orden. Tienes muchas fotos de tu vida, pero eso no lo cubre todo. Hay hechos que uno recuerda más que otros. Nuestro sistema está muy entrenado, y si hay situaciones muy intensas nosotros sabremos «limpiarnos». Lo mismo sucede con el recuerdo: si el niño tiene una memoria muy buena, ésta ocupará más lugar que cualquier foto”.

La conversación sobre la memoria, el recuerdo y la documentación plantea la cuestión de cómo es todo este proceso, en el que está relacionada la emoción, y lo pone en marcha. ¿Acaso hay alguna similitud entre las escenas de una encantadora película animada como Todo está en tu cabeza, en la que un grupo de emociones dirigen el almacenamiento de los recuerdos y las sensaciones que surgen de ellos? Lamentablemente no.

“Es una película maravillosa”, afirma Goldway con una sonrisa. “Pero representa una teoría antigua de las emociones que no provienen de las ciencias del cerebro sino de expresiones faciales, que dicen que tenemos emociones básicas como la alegría, el miedo, el asco y otras, que están en nuestra cabeza. Esto no es para nada cierto. Las emociones son algo muy complejo, que utilizan casi todos los recursos que tiene nuestro cerebro. No todo se experimenta como una emoción consciente”.

–Pero de todos modos hay allí algo básico, ¿no es cierto? Por ejemplo, hay niños que parecería que hubieran nacido más o menos alegres, ¿verdad?

–Es una cuestión de terminología. Los investigadores suelen describir las cosas en el lenguaje que conocen. Algunos hablarán de curiosidad, y otros de valor y de moral. Un científico del cerebro especializado en neurobiología no habla en realidad en términos de alegría y de otras emociones, sino del «eje» positivo o negativo, lo que estimula o no estimula. Se trata de la cadena de «ejes» sobre la que uno puede armar o montar una vivencia a la que llamará alegría o ira, pero en realidad es posible desmontar en componentes más básicos. Las lagunas del lenguaje son las que perpetúan la desconexión entre la psicología y las ciencias del cerebro, y resulta un poco difícil conciliar. Hay que trabajar en ello.

–Tú trabajas en un laboratorio de emociones. El nombre suena un poco extraño porque en la mente tendemos a separar entre ciencia y emoción. Parecería un terreno que no se ha de analizará en un laboratorio.

–Es un terreno apasionante. Pero todavía no hay teorías completas que concilien entre el cerebro y las emociones.

–¿No hay datos y conocimientos científicos al respecto?

–Hay muchos conocimientos. No hay zonas del cerebro responsables de determinadas emociones, y ahora sabemos que el poder del cerebro está en sus conexiones, pero hay «cruces de caminos» importantes para determinadas funciones. Por ejemplo, la amígdala, que es una zona a la que tradicionalmente se ha asociado con la emoción del miedo. Si se le muestra a un niño el dibujo de un rostro que asusta y otro que no da miedo, su amígdala se pondrá en marcha ante el dibujo que asusta. Hoy en día sabemos que la amígdala hace muchas cosas. Una de ellas es valorar las cosas del mundo que nos rodea, determinar lo que es más importante y lo que es menos importante. Muchas veces un rostro que asusta es más importante que otro que no da miedo. O sea, que la forma en que se entiende la amígdala hoy en día es más compleja. Hay muchos datos y conocimientos, pero lo que todavía falta es la teoría. Por eso, en muchos sentidos hay lagunas importantes.

–¿Piensas que algún día los científicos podrán trazar un mapa? ¿Se sabrá todo?

–Pienso que sí. Estoy seguro de que sí. Pero estoy en minoría. Pienso que no se trata de magia: el cerebro y el cuerpo son los que crean nuestras vivencias y nuestras experiencias, y al final entenderemos cómo sucede eso. No será fácil. A menudo nos encontramos en callejones sin salida, pero hay muchas personas inteligentes que trabajan en ello. Ya hemos solucionado cosas muy complejas. Pero todavía hay una distancia entre las vivencias y las ciencias del cerebro. Esto es así porque aún hace falta conectar lo que sabemos sobre la biología molecular con nuestras vivencias como seres humanos. Pero no puede ser que eso no llegue… Porque a fin de cuentas todo es materia.

Fuente: Ynet Español