El joven Mozart israelí: Noam Bengals, un genio del piano

Con apenas 11 años, se impone en concursos con chicos de mayor edad. Una pasión que empezó a los 5 años y no tiene techo.

Pese a su corta edad, Noam está seguro de que el piano es un amor para toda la vida, y sueña con dirigir a las mejores orquestas del mundo. Mientras, derrota en los concursos a pianistas que tienen varios años más que él, pero también debe lidiar con vecinos nerviosos que arrojan huevos y pepinos a su casa.

Noam Bengals tiene sólo 11 años, y ya sabe qué es lo que quiere hacer en la vida y cuál es su propósito. En realidad, Noam está convencido de que ya lo sabía cuando tenía 5 años. Cuando estaba en el jardín de infantes, Benglas sabía que su amor al piano era para siempre.

“Empezó por causalidad”, recuerda su padre Arie. “Mi hermano quería que su hija tomara clases de piano, y le pedimos que llevara también a Noam”. Y la madre, Marina, añade: “Al principio le compramos un pequeño piano eléctrico; no pensamos que le duraría. Pero poco a poco percibimos su entrega y su entusiasmo, y le compramos un piano importante… Que costaba como un coche. Todo esto es muy caro”.

Después de un año y medio con una profesora particular, Noam empezó a estudiar en el Conservatorio. Cuando estaba allí, participó en su primer concurso de piano. “Al entrar al sitio en la que tenía lugar el concurso, dijo que iba a ganar el primer premio, que ascendía a 1.500 shekels. Nosotros pensamos que eran imaginaciones suyas, pero no dijimos nada”, recuerdan sus padres. Y Noam cuenta: “Estaba concentrado. Decidí que tenía que ganar el primer premio… Y sabía que iba a ser así”. Noam, en efecto, ganó el primer premio.

A partir de ahí todo sucedió con una rapidez asombrosa. Con 11 años, ya ganó todos los primeros premios de los concursos para pianistas de hasta 18 años de edad. “Ahora esperamos que gane concursos para adultos a nivel nacional”, dicen sus padres orgullosos. “Lo invitan a tocar en los conciertos más importantes de Israel, y con orquestas de intérpretes adultos”.

Noam sueña con dirigir a las mejores orquestas del mundo.

“Todos me preguntan qué edad tengo, y a los 8 años me dijeron: ‘¿Tan pequeño, y ya llegaste hasta aquí?’ No me gusta que me digan eso; es como si fuera pequeño desde el punto de vista musical”, comenta. “Un día estuve en un concierto hasta tarde por la noche, con unos 36 intérpretes, que parecían tener entre 30 y 40 años, tal vez incluso 50. Allí también estaba Tal Mosseri (presentador de televisión israelí y actor de teatro y televisión), que me dijo (con ironía) ‘qué bonito, un niño de tu edad despierto a estas horas’. Y el público se rió”.

¿Y cómo afronta la emoción de subir al escenario? “En los primeros conciertos sentía mariposas en el estómago, pero ahora ya no; o quizás sólo un poco. Cuando empieza el concierto, me tranquilizo; el público me ayuda a concentrarme”, cuenta Noam. “La única emoción que siente gira en torno a si van a servir algo de comer después del concierto. Si no sirven comida, dice ‘para qué habré ido’”, cuenta la madre riendo.

“Yo no me conecto con nada con rapidez, pero en el caso del piano todo fue muy rápido: después de algunas clases, ya compramos un piano”, explica Noam para explicar que entendió que esto es lo que quería hacer en la vida. “Todavía tengo cosas a las que aspirar: quiero llegar a la perfección”, dice. Y no obstante la delicada sonrisa que se dibuja en su rostro, se ve que lo dice muy en serio.

En la casa de la familia Bengals, como corresponde a un lugar en el que se cría un pianista de talento, escuchan música clásica, pero no sólo. “También me gusta la música trance”, dice para sorpresa de quienes lo oímos. “Mi hermana escucha a Mergui y a su novia Noa Kiler o Kirel. ¿Cómo es que se pronuncia su nombre? Entonces no tengo más remedio que escucharlo yo también porque su cuarto está al lado del mío. Pero cuando estamos en el coche, mi madre pone música clásica en la radio. Escuchamos Bach, Rachmaninov, Mozart. Yo toco el piano únicamente en el estilo de ellos”.
Salvo los días en que se levanta más tarde porque la noche anterior tuvo un concierto, su jornada no es muy diferente a la de otros niños. Noam se levanta temprano, va al colegio, hace los deberes y después se dedica a tocar el piano y a otras aficiones. “No cuento la cantidad de horas que toco el piano porque es algo que viene del corazón, pero son unas cuatro al día. El resto del tiempo juego al fútbol o a fortnite, y ando en bicicleta”, dice.

“Noam es un chico muy sociable”, comentan sus padres. “No es el tipo de los superdotados que se alejan de los demás. Es testarudo, y sabe lo que quiere”, agregan.

En efecto, Noam es un hombrecito con principios claros. “Para tocar como se debe, tienen que cooperar el cerebro y los oídos. Cuando los oídos está ‘tapados’, uno toca como un robot”, explica. “A veces siento que la gente espera mucho de mí, y yo cumplo las expectativas, pero no deja de ser estresante. Una vez, en uno de los conciertos, me confundí, pero no fue porque de verdad me había confundido; simplemente, el piano decidió que no quería… Toqué una tecla, y el piano “dijo” ‘estoy librando; ahora no toco’”.

“Nosotros no tenemos la sensación de que Noam se está quedando sin infancia”, dicen sus padres. “¿Qué es la infancia hoy en día? ¿Computadora y teléfono? Esto ya lo lleva en la sangre, y no puede vivir si ello”.

Marina, la madre, recuerda lo siguiente: “Una vez me di cuenta que llevaba tocando mucho tiempo, sin parar. Cuando terminó, le pregunté qué había pasado, y él me dijo: ‘Vi que fuera había alguien que me estaba escuchando’. Por eso siguió tocando, y solamente para esa persona. Me impresionó”. Pero no todos los vecinos del barrio de la ciudad de Ramat Gan en el que vive Noam aceptan de buena gana lo que hace: “Nosotros tocamos en las horas permitidas por la ley, pero para tener buenos vecinos hace falta suerte. Gente del edificio de enfrente nos ha tirado pepinos y huevos. Otros nos escupieron. Incluso nos pincharon las ruedas del coche. La Policía tuvo que venir aquí muchas veces”.

Noam sueña con dirigir en el futuro a las mejores orquestas del mundo: “La Filarmónica de Nueva York, la de Alemania, Amsterdam, Israel…”, detalla. Y agrega: “Hay gente que piensa que tocar el piano es fácil, pero no lo es. Es necesario dedicarle tiempo, energía y esfuerzo. Si uno toca, tiene que hacerlo a la perfección”.

 

Fuente: Ynetespañol