El reconocimiento a un neurocirujano “no judío” que logra éxitos en el Instituto Médico Hadassah de Israel

Carlos Candanedo Rodríguez volverá a su Panamá natal tras siete años de trabajo en el Departamento de Neurocirugía del Centro Médico Hadassah, en Jerusalem. “Yo no soy judío, soy católico, tuve que aprender el idioma de cero y la verdad que no me arrepiento para nada”, señaló.

El médico neurocirujano Carlos Candanedo Rodríguez fue entrevistado por la agencia AJN y confesó que cuando escuchó sobre cómo el Centro Médico Hadassah trata a las víctimas de atentados terroristas en una conferencia en Panamá, decidió que ése era el lugar donde quería terminar su formación como neurocirujano. A pesar de haber tenido que esperar tres años para ser aceptado en el hospital, de tener que dejar su vida y sus afectos, y de tener que aprender un idioma completamente desconocido, aún cree que tomó la decisión correcta.

“Fue una experiencia increíble, inolvidable. Cualquier latino vería como algo loco irse a Medio Oriente, a Israel, a hacer una residencia en otro idioma”, afirmó Candanedo Rodríguez. “Yo no soy judío, soy católico, y tuve que aprender el idioma de cero, tuve que dejar a toda mi familia en Panamá para venir, y la verdad que no me arrepiento para nada.”

Carlos Candanedo Rodríguez, el médico panameño que estuvo siete años trabajando en el prestigioso Centro Médico Hadassah.

Tras siete años en Jerusalem, el médico panameño regresará a su país tras haber completado su residencia y una especialidad en Neurocirugía. “Fui parte de un servicio de punta”, señala. “En Hadassah se ve marcadamente la indiferencia ante la religión, la cultura o el modo de vivir, al punto que se puede encontrar en camas contiguas a un israelí y a un palestino”, reconoce.

–¿Cómo resultó su estadía en Israel?

–Hace poco más de 7 años que estoy en Israel, en los que hice mi residencia en neurocirugía y una especialidad durante un año y medio. Fue una experiencia increíble, inolvidable, algo fuera de serie. Fue una experiencia increíble, en un centro médico de punta como lo es Hadassah, con toda la tecnología, toda la academia que puede brindar un hospital de primer nivel. La embajada de Panamá en Israel me dio un reconocimiento por todos los años que estuve aquí y los logros que pude tener con la ayuda de todos mis compañeros del Departamento de Neurocirugía donde hice investigaciones. Fui parte de un servicio de punta.

–¿Cómo tomó la decisión de ir a Israel?

–Por el neurocirujano argentino José Cohen, que se hizo conocido por operar al exministro Ariel Sharon. Cohen estuvo en Panamá en 2010 dando una conferencia sobre cómo se tratan las víctimas de atentados terroristas. Cuando terminó su charla, me acerqué y hablé con él, y le comenté mi interés por la neurocirugía, y que tenía decidido especializarme en eso. Me dio su teléfono y me dijo que si quería hacer la residencia en Israel que lo contactara. Cuando lo hice, me puso en contacto con el jefe del departamento de neurocirugía de Hadassah, el profesor Yigal Shoshan. A partir de allí, me llamaron para tener una entrevista y una serie de exámenes. Tres años después de que apliqué, me aceptaron; dejé todo, y me vine a Israel. El contrato era de seis años para hacer la residencia y la especialidad, y luego me pidieron que me quedara un poco más como subespecialista.

¿Cómo fue su adaptación?

–Si tuviera que describir ese momento en una palabra, diría impactante. Como no soy judío, no tenía la más remota idea de lo que es el judaísmo, ni la cultura. Cuando llegué, era un sábado a las 10 de la mañana. Quería comer, y en el hotel no había nada porque era shabat. Salí a la calle a buscar comida, y no había nada. Me dijeron: camina por las vías del tren y llegarás a la Ciudad Vieja. Caminé una hora hasta que llegué allí y pude comer. Fue impactante. No sabía absolutamente nada, ni entendía el idioma. Ahora, después de todo este tiempo, lo hablo de corrido, escribo y leo perfectamente. Entendí que era la única manera de poder avanzar dentro de la residencia y de la especialidad, poder entender a los pacientes y que me entiendan. Fue difícil, pero no imposible.

Centro Médico Hadassah en Israel. (http://hadassahlatinoamerica.org/)

–¿Qué balance hace de su experiencia?

–Que no me arrepiento en lo absoluto. Fue la decisión correcta, a pesar de haber tenido que esperar tres años para que me aceptaran. Si lo tuviera que volver a hacer, por más difícil que resultó al principio, lo haría. Fue una locura, pero no me arrepiento para nada. La pasé muy bien, conocí mucha gente buena, conocí un país que difícilmente hubiera podido conocer de haberme quedado en Panamá. Pude darle la oportunidad a mi familia de venir, de conocer la Ciudad Santa y para mí eso vale mucho. Dejo aquí una gran parte de mi vida.

–¿Cómo se percibe a Israel en Panamá?

–Lastimosamente, porque así se vende, se lo percibe como un lugar inseguro, lleno de caos por el conflicto palestino-israelí. Pero no es así, es un lugar tranquilo y pacífico. Si bien hubo episodios en los que sonaron las alarmas porque lanzaban proyectiles, el país como tal es muy seguro. Uno puede caminar a la madrugada por donde quiera y sabe que no va a pasar absolutamente nada, que no te van a robar ni nada. Aunque esas cosas a veces pasan, se ve mucho menos que en países de Latinoamérica, donde el vandalismo es mayor. Siempre dije a la gente de Panamá que Israel no es lo que uno piensa, que es un lugar seguro, tranquilo y muy bonito. Le digo a la gente que venga a conocerlo, porque vale la pena. Pude incentivar a mucha gente, tanto mi familia cercana como amigos, a venir y conocer.

–El Centro Médico Hadassah es un ejemplo de coexistencia, donde conviven en paz israelíes y palestinos. ¿Cómo fue su experiencia en el hospital?

–En Hadassah se ve marcadamente la indiferencia ante la religión, la cultura o el modo de vivir, al punto que se puede encontrar en camas contiguas a un israelí y a un palestino. Es más, ha habido atentados terroristas y enfrentamientos entre palestinos e israelíes y he tenido al terrorista y a la víctima internados uno al lado del otro. Se atiende sin ninguna diferencia. El mismo tratamiento de punta lo recibe tanto uno como otro, sin importar “buenos” y “malos”. Dentro del departamento hay médicos, enfermeros, técnicos, ayudantes palestinos e israelíes, trabajando todos en conjunto por el paciente. Es muy bonito ver eso, que al principio impresiona, y uno se pregunta cómo puede ser posible, pero al final lo que importa es la vida y el tratamiento del paciente.

 

Fuente: Ynet Español